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El espejo turco
ANDRÉS ORTEGA
EL PAIS | Internacional - 25-11-2002
Tras la aplastante victoria electoral del partido de Erdogan, la Unión Europea
ha comenzado a mirarse en el espejo de Turquía, cuya aspiración a entrar en su
seno le plantea una difícil cuestión. ¿Es Turquía Europa? En sus momentos más
bajos, el Imperio Otomano fue "el enfermo de Europa", y no "de Asia",
recuerda, en una carta abierta a Giscard d'Estaing, Mehmet Ögütçü, funcionario
de la OCDE (a la que pertenece Turquía, como también a la OTAN y al Consejo de
Europa). Paradójicamente, los turcos pueden estarle agradecidos a Giscard,
presidente de la Convención constitucional de la UE, pues, con sus
declaraciones estrepitosas sobre la disolución de la Unión si llega a entrar
Turquía, el gran valedor de la rapidísima entrada de Grecia cuando era jefe
del Estado francés ha reducido el margen de maniobra de la próxima cumbre de
Copenhague. Aunque no acabe siendo todo lo positiva que quisieran los turcos,
el Consejo Europeo difícilmente podrá dar una respuesta negativa a Ankara que
aspira, al menos, a que no se produzca la ampliación a los 10 nuevos miembros
sin un calendario para su inclusión. Chirac y otros se han decantado a favor.
Turquía vive un nuevo momento definitorio. La experiencia de un movimiento
islámico (que insiste que no lo califiquen de islamista) en democracia secular
puede ser esencial no sólo para Turquía, sino para el conjunto del mundo
musulmán. Si la UE le dice no, puede provocar una involución en Turquía y en
buena parte del islam, y facilitar el empujón, directo o indirecto, de los
militares. ¿En nombre de un laicismo controlado por los militares se va a
preferir la dictadura a la democracia? Incluso está por demostrar si el
laicismo turco puede llegar a ser liberal y, por ejemplo, dejar de prohibir el
uso del pañuelo en los centros oficiales, como es el caso en la actualidad,
norma que ya ha empezado a violar la esposa del nuevo primer ministro Abdulá
Gul. Si la UE sabe gestionar la situación puede contribuir a profundizar el
régimen de libertades y democracia que formalmente propugna Erdogan, cuyo
éxito no está, sin embargo, asegurado, pues tendrá que hacer equilibrios para
frenar las demandas de sus bases.
Cabe considerar que, por cuestión de tamaño, economía y ubicación
estratégica, Turquía, en el futuro previsible, no tiene fácil en la UE, sino
con la UE. Pero, llegados a este punto, después de que los Quince aseguraran
en 1999 que Turquía "está destinada a entrar en la EU sobre la base de los
mismos criterios que se aplican a otros Estados candidatos", no hay vuelta
atrás. Se ha de exigir el cumplimiento de esos criterios, y Erdogan sabe que
esa meta le ayuda a avanzar hacia una democracia plena. Quizá las futuras
negociaciones de adhesión y la propia evolución de la Unión y de Turquía
acaben demostrando a los turcos y a los comunitarios que ese país no encaja
bien en la UE y se busque entonces una status especial. Pero ese puede ser el
final de un proceso, no un punto de partida. Y si hay encaje, podrá entrar. No
se sabe cómo será la UE, tras el big bang de una ampliación cuya mala
preparación, aunque históricamente comprensible, puede haber favorecido la
alergia a la perspectiva de ingreso de Turquía. De la próxima ampliación se
quedan fuera, al menos de momento, Bulgaria y Rumania, que, según testigos
presenciales, el comisario de la ampliación, el alemán Verheugen, considera
"del otro lado de la línea de división cultural".
Una visión un tanto peregrina que puede llevar al ostracismo a una parte de
los Balcanes, cuando la perspectiva de ingreso en la Unión Europea es el
factor más dinámico y potente de modernización.
Quizá Giscard crea, como Chateaubriand, que "pretender civilizar Turquía no es
extender la civilización en Oriente, es introducir la barbarie en Occidente".
Si se rechaza a Turquía por razones religiosas o culturales, los casi 20
millones de musulmanes que viven en la actual Unión Europea se sentirán como
prisioneros. Guste o no, Europa es crecientemente multicultural.
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