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El desconocimiento europeo
El 80% de los españoles no puede nombrar ni a uno solo de los nuevos socios de
la UE
20 abril 2003 | El País
Soledad Gallego-Díaz
Los nuevos miembros de la UE están más próximos de
Alemania y de Francia que de España, por mucho que hayan apoyado a EE UU en la
guerra de Irak
El pasado miércoles, la Unión Europea procedió a la firma
del tratado de adhesión de 10 nuevos miembros, la ampliación más grande jamás
registrada en la historia de la UE. Diez nuevos países que proceden (salvo
Chipre y Malta) del antiguo bloque del Este y que incorporan sus propias
historias e intereses. Llegan, además, en un momento especialmente difícil de
la Unión, cuando siguen abiertas las heridas provocadas por la guerra en Irak.
Pero, sobre todo, desde un punto de vista español, llegan
a la UE sin que parezca que nos hayamos dado por enterados: según datos del
barómetro del Real Instituto Elcano, en noviembre de 2002, el 69% de los
españoles no era capaz de nombrar ni a uno solo de los países que habían sido
admitidos como nuevos miembros de la Unión Europea. Tres meses después, en
febrero de 2003, el desconocimiento era, incluso, superior: el 80% se sentía
incapaz de identificar a uno solo de los 10 nuevos miembros de la UE.
Desconocimiento aplastante
Según la misma encuesta, el 90% de los españoles
reconocía no tener idea de para qué se había convocado una Convención, y solo
el 1% era capaz de decir que su objetivo es la elaboración de una Constitución
Europea que permita mejorar el funcionamiento de una Unión ya con 25 miembros.
El desconocimiento de los españoles sobre la marcha de la
Unión Europea es aplastante, así como la extraña idea que parece extenderse
ahora por el Partido Popular de que se trata de aliados potenciales de España
a la hora de proteger nuestros intereses. El hecho de que casi todos ellos
hayan declarado públicamente su apoyo a Estados Unidos en el conflicto de Irak
no significa, desde luego, que el Gobierno español haya encontrado nuevos
aliados.
Los nuevos miembros de la Unión son defensores del
vínculo atlantista con Estados Unidos, pero están, casi todos ellos, mucho más
próximos de Alemania, de donde procede la mayor influencia económica y las
mayores inversiones, y de Francia, de donde ha llegado una gran influencia
cultural, de la mano de becas y ayudas universitarias, que de España.
Además, ocho de ellos son países que se alinean
estratégicamente con el llamado norte, frente al sur, el Mediterráneo, al que
pertenecemos nosotros. Los dos únicos países del ex bloque soviético que se
podrían identificar con el sur, Rumania y Bulgaria, han visto precisamente
retrasada su adhesión, por motivos económicos, hasta una segunda etapa.
Y todos, salvo Polonia, son países pequeños, nada
interesados en las nuevas fórmulas de funcionamiento de la Unión que defiende
el presidente del Gobierno, José María Aznar. De hecho, la atención primordial
del Gobierno español se ha centrado por ahora, casi exclusivamente, en
Polonia, un país de un tamaño intermedio similar al nuestro, que tiene una
intensa corriente emigratoria hacia España, y con el que compartiremos, en el
futuro, un mismo nivel de representación.
Por último, la inversión española en los ocho países que
proceden del Este es casi inexistente. Si como cree un 71% de los españoles
(datos de la encuesta mencionada), la influencia de un país se mide en buena
parte por su capacidad económica, la de España en los nuevos miembros de la UE
será casi nula.
Crispación española
En cualquier caso, la última cumbre de la Unión Europea
puede haber servido para rebajar la tensión de las últimas semanas y para
empezar a recomponer algunos platos rotos. La labor de mediación parece estar
encomendada al primer ministro británico, Blair, y al canciller alemán,
Schröder, sin que los medios de comunicación europeos den relevancia a los
eventuales esfuerzos de José María Aznar en el mismo sentido.
En el flanco español, sin embargo, se considera que no
bastará con la actividad británica para recomponer la unidad interna de la UE
ni con las reuniones de los cuatro países europeos miembros del Consejo de
Seguridad de la ONU. España necesitará hacer un trabajo añadido para mejorar
sus propias relaciones bilaterales con franceses, alemanes y belgas.
"Lo natural sería que ese esfuerzo diplomático español
fuera inmediatamente correspondido y que las aguas volvieran a su cauce",
asegura un funcionario destinado en Bruselas. Se lamenta, sin embargo, de que
el equipo de Aznar no aprovechara mejor su presencia en la cumbre de Atenas y
de la actitud personal del propio presidente del Gobierno, "con un tono,
quizá, demasiado crispado", que no ayuda a limar aristas. La falta de espíritu
europeo de Aznar comienza a poner nerviosa a mucha gente en España, desde
Jordi Pujol a la derecha demócrata cristiana.
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