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Turquía y Giscard
Vidal Beneyto
EL PAIS | Internacional - 16-11-2002
Tiene razón Giscard d'Estaing cuando dice que la integración de Turquía en la
Unión Europea supondrá el fin de ésta, pero se trata de una razón perversa
porque oculta que, con o sin Turquía, la decidida ampliación a 25, 27 o 30
Estados miembros, sin las radicales modificaciones institucionales que su
funcionamiento necesita, significará la condena a muerte a la Europa política.
Y él, como referente máximo de una propuesta constitucional insuficiente, que
luego los países se encargarán de rebajar aún más, es el organizador principal
de ese dulce suicidio, de esa discreta implosión de la Unión Política y de su
sustitución por el macromercado.
Siendo esto así, es lamentable que el ex presidente francés, y con él un
cierto número de personalidades políticas de la Unión, pretendan que Turquía
no puede ser un país europeo, cuando desde hace 52 años es miembro del Consejo
de Europa y como tal tiene un buen número de funcionarios europeos (algunos
tan confirmados como Muammer Topaloglu o Baris Perin). Esa antecedencia, y las
razones que la hicieron posible, no las comparte Turquía con ninguno de los
países con cuyas candidaturas nos amenaza el señor Giscard si se abren las
puertas. Añadamos que si la condición europea de Turquía fuera, como afirma,
una imposibilidad geopolítica, habría que pedir su exclusión del Consejo de
Europa, lo que es una pura aberración. Pero es que además Turquía firmó en
1963 un acuerdo de asociación con la Comunidad Europea; el Consejo Europeo de
Helsinki le reconoció la condición de candidato y se fijaron los cuatro
criterios políticos (Estado de derecho, democracia, respeto de los derechos
humanos, protección de las minorías) y los dos económicos (economía de mercado
y capacidad competitiva) que debían presidir su estrategia de pre-adhesión.
Criterios, que son al mismo tiempo objetivos, hacia los que Turquía está
avanzando a buen paso.
Con todo lo más penoso es la invocación identitaria que late en el fondo de
ese rechazo. Invocación hecha desde una concepción de la identidad basada en
la homogeneidad de sus componentes y en la uniformidad de sus culturas cuando
hoy todos sabemos que las identidades colectivas están hechas tanto de
tradiciones como de rupturas, tanto de coincidencias como de antagonismos.
Anclar una identidad comunitaria en una única opción religiosa, encuadrarla
en un solo marco de creencias es una siembra mortífera, es un arma letal. Y la
segunda mitad del siglo XX abunda en ejemplos de identidades asesinas. Pero
además ¿por qué la incompatibilidad en doctrina y vida va a ser mayor entre un
cristiano, un musulmán y un judío, adeptos los tres de la religión del libro,
que la que existe entre ellos y un ateo? En la heteróclita multiplicidad de
materiales y de vectores que componen toda identidad, la estructura dominante
no es función de su conformación pasada, sino del proyecto que la transforma
en futuro. Un futuro que se organiza hoy en Europa no alrededor de un modelo
histórico de sociedad -la cristiandad occidental-, sino de unos valores que la
opinión pública europea comienza a considerar esenciales: diversidad, derechos
humanos, justicia global, libertad, tolerancia, solidaridad, mestizaje. Y de
ahí su posible fecundidad mundial.
Los límites de Europa, la cuestión de qué países sean europeos y cuáles no,
no se responde sólo en base a contigüidades geográficas ni a historias
compartidas, sino desde la voluntad de estar juntos en un futuro común y en
función de un mismo proyecto. A propósito de su propuesta de Confederación
Europea, François Miterrand lo dejó muy claro: lo más importante no es quien
sea más europeo, si Rusia o EE UU, sino quien quiera serlo. Ahora bien, la
transposición de este planteamiento -Turquía quiere ser europea- al andamiaje
institucional de que disponemos prueba su absoluta inadecuación. Llevamos años
dándole vueltas a la misma noria: una Europa de geometría variable, una Europa
de círculos concéntricos, de uno o varios núcleos duros, etcétera, sin avanzar
en nada. Vieja partida en la que cambian los jugadores pero siguen usándose
las mismas cartas marcadas. ¿Hasta cuándo?
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