Deseo hablarles hoy sobre la tragedia de Europa. Este noble continente, que
abarca las regiones más privilegiadas y cultivadas de la tierra, que disfruta
de un clima templado y uniforme, es la cuna de todas las razas originarias del
mundo. Es la cuna de la fe y la ética cristianas. Es el origen de casi todas
las culturas, artes, filosofía y ciencias, tanto de los tiempos modernos como
de los antiguos. Si Europa se uniera, compartiendo su herencia común, la
felicidad, prosperidad y la gloria que disfruta rían sus tres o cuatrocientos
millones de habitantes no tendría límites. Y sin embargo, es desde Europa de
donde han surgido y se han desarrollado esta serie de horribles guerras
nacionales, originadas por las naciones teutonas, que hemos conocido duran te
este siglo XX, e incluso durante nuestra existencia, que ha arruinado la paz y
destruido las perspectivas de toda la humanidad.
¿Y cuál es la situación a la que ha sido reducida Europa?
Es cierto que algunos pequeños Estados se han recuperado rápidamente, pero en
grandes áreas, una masa trémula de atormentados, hambrientos, desposeídos y
aturdidos seres humanos se encuentran ante las ruinas de sus ciudades y de sus
casas y escudriñan los oscuros horizontes, temiendo un nuevo peligro, tiranía
y terror. Entre los vencedores hay una gran confusión de voces agitadas; entre
los vencidos, el sombrío silencio de la desesperación. Eso es lo que han
conseguido los europeos, agrupados en tantos antiguos Estados y naciones, eso
es todo lo que ha obtenido el poder germano, destrozándose unos a otros en
pedazos, y propagando estragos por todas partes. A no ser porque la gran
República del otro lado del océano Atlántico se ha dado cuenta finalmente de
que el caos o la esclavitud de Europa, acabarían comprometiendo su propio
destino, y nos ha tendido las manos para socorro y guía, los malos tiempos
hubieran vuelto con toda su crueldad. Y todavía puede volver.
A pesar de todo, aún hay un remedio que si se adoptara de
una manera general y espontánea, podría cambiar todo el panorama como por
ensalmo, y en pocos años podría convertir a Europa, o a la mayor parte de
ella, en algo tan libre y feliz como es Suiza hoy en día. ¿Cuál es ese eficaz
remedio? Es volver a crear la familia europea, o al menos todo lo que se pueda
de ella, y dotarla de una estructura bajo la cual pueda vivir en paz,
seguridad y libertad. Tenemos que construir una especia de Estados Unidos de
Europa, y sólo de esta manera cientos de millones de trabajadores serán
capaces de recuperar las sencillas alegrías y esperanzas que hacen que la vida
merezca la pena. El proceso es sencillo. Todo lo que se necesita es el
propósito de cientos de millones de hombres y mujeres, de hacer el bien en
lugar de hacer el mal y obtener como recompensa bendiciones en lugar de
maldiciones.
Mucho se ha trabajado en este sentido a través de las
gestiones de la Unión Paneuropea, que tanto debe al conde Coudenhove-Kalergi y
que recurrió a los servicios del famoso patriota y hombre de Estado francés
Aristide Briand. Existe también ese inmenso cuerpo de doctrina y
procedimiento, construido para servir a las grandes esperanzas después de la
Primera Guerra Mundial, que es la Sociedad de Naciones. La Sociedad de
Naciones no fracasó debido a sus principios o concepciones, sino que los
habían creado. Falló porque estos principios no fueron acatados por los mismos
Estados que los habían creado. Fracasó porque los Gobiernos de aquellos días
temieron enfrentarse a los hechos y no se atrevieron a actuar cuando aún era
tiempo. Este desastre no debe repetirse. Hay, pues, muchos conocimientos y
material con que construir, y también la amarga y cara experiencia de las
vidas que ha costado.
Me agradó mucho leer en los periódicos hace dos días que
mi amigo el presidente Truman ha expresado su interés y simpatía por este gran
proyecto. No hay razón para que una organización regional europea deba
enfrentarse de ninguna forma con la organización mundial de las Naciones
Unidas. Todo lo contrario, creo que las mayores síntesis sólo sobrevivirán si
se fundamentan sobre agrupaciones coherentes y naturales. Ya hay una
agrupación natural en el Hemisferio Occidental. Los británicos tenemos nuestra
propia Comunidad de Naciones, Estas organizaciones no debilitan, sino que por
el contrario fortalecen a la organización mundial. De hecho, por su principal
apoyo. ¿Y por qué no podría haber un grupo europeo que diera un sentido de
amplio patriotismo y común ciudadanía a las perturbadas gentes de este
turbulento y poderoso continente, y por qué no podía ocupar su adecuada
posición con otras agrupaciones, para perfilar los destinos de los hombres?
Para que esto se realice, debe darse un acto de fe en el que participen
conscientemente millones de familias que hablan muchas lenguas.
Todos sabemos que las dos guerras mundiales que hemos
pasado, surgieron por la vana pasión de una Alemania recién unida, que quería
actuar como parte dominante del mundo. En esta última contienda se han
cometido crímenes y masacres sin igual desde la invasión de los mongoles en el
siglo XV. Los culpables deben ser castigados. Alemania debe ser privada del
poder de volver a armarse y hacer otra guerra agresiva. Pero cuando se haya
realizado todo esto, y se realizará, y se está haciendo, debe. haber un final
para la retribución. Tienen que haber lo que Mr. Gladstone llamó hace muchos
años «un bendito acto de olvido». Tenemos que volver la espalda a los horrores
del pasado. Debemos mirar hacia el futuro. No podemos permitirnos el arrastrar
a través de los años aquello que puede traer de nuevo los odios y las vengan
zas que se desprenden de las injurias del pasado. Si hay que salvar a Europa
de la in finita miseria, y por supuesto de la condena final, tiene que darse
un acto de fe en la familia europea y un acto de olvido hacia los crímenes y
locuras del pasado.
¿Pueden los pueblos de Europa elevarse a la altura de
estas resoluciones del alma e instintos del espíritu humano? Si pueden
hacerlo, los errores y las injurias que se han infringido se lavarán en todas
partes por las miserias que se han tenido que soportar. ¿Hay alguna necesidad
de que haya más abundancia de agonías? ¿Acaso la única lección de la historia
es que la humanidad es imposible de educar? Que haya justicia y libertad. Los
pueblos sólo tienen que quererlo, y todos alcanzarán el deseo de su corazón.
Ahora voy a decir algo que les sorprenderá. El primer
paso en la recreación de la familia europea de no ser una asociación entre
Francia y Alemana. Sólo de este modo puede Francia recuperar la primacía moral
de Europa. No puede haber un renacimiento de Europa sin una Francia grande
espiritualmente y una Alemania grande espiritualmente. La estructura de los
Estados Unidos de Europa, si se construyen bien y de verdad, será de tal
manera que haga menos importante la fuerza material de un Estado. Las pequeñas
naciones contarán tanto como las grandes y ganarán su honor por su
contribución a la causa común. Los estados y principados de Alemania, unidos
libremente por conveniencia mutua en un sistema federal, ocuparán cada uno su
lugar entre los Estados Unidos de Europa. No trataré de hacer un programa
detalla do para cientos de millones de personas que quieren ser felices y
libres, prósperos y seguras, que desean disfrutar de las cuatro libertades de
las que habló el Presidente Roosevelt, y vivir de acuerdo con los principios
incorporados en la Carta del Atlántico. Si este es su deseo, no tiene más que
decirlo, con la seguridad de que se encontrarán los medios y se establecerán
los instrumentos necesarios para llevar este deseo a su plena realización.
Pero tengo que hacerles una advertencia: el tiempo se nos
puede echar encima. Actualmente contamos sólo con un espacio de respiro. Los
cañones han dejado de disparar, la lucha ha cesado, pero no se han detenido
los peligros. Si queremos construir los Estados Unidos de Europa, cualquiera
que sean el nombre y la forma que tomen, debemos empezar ahora.
En nuestros días vivimos extraña y precariamente bajo el
escudo y protección de la bomba atómica. La bomba atómica está aún en manos de
un Estado y nación que sabemos que nunca la usará, excepto a favor del derecho
y la libertad. Pero puede ser que dentro de unos años este terrible agente de
destrucción se extienda ampliamente y la catástrofe que provocaría su uso por
varias naciones guerreras no sólo acabaría con todo lo que llamamos
civilización, sino que posiblemente desintegraría el mismo globo.
Debo ahora resumir las propuestas que tienen ante
ustedes. Nuestro constante propósito debe ser fortificar la fuerza de la
Organización de Naciones Unidas. Bajo, y en el seno de este concepto del
mundo, debemos volver a crear la familia europea con una estructura regional
llamada, quizás, los Estados Unidos de Europa. El primer paso en crear un
Consejo de Europa. Si al principio todos los Estados de Europa no están
dispuestos o capacitados para integrase en la Unión, debemos proceder, no
obstante, a unir y combinar a aquellos que quieren y pueden. La salvación de
la gente normal de cada raza y de cada país, del peligro de la guerra o
esclavitud, tiene que establecerse sobre sólidos fundamentos deben estar
protegidos por la voluntad de todos los hombres y mujeres de morir, antes de
someterse a la tiranía. En todo este urgente trabajo, Francia y Alemania deben
tomar juntas la cabeza. Gran Bretaña, la Commonwealth británica de naciones,
la poderosa América y confío que la Rusia soviética —y entonces todo sería
perfecto— deben ser los amigos y padrinos de la nueva Europa y deben defender
su derecho a vivir y brillar. Por eso os digo ¡Levantemos Europa!
Zurich,
Suiza
19 de septiembre de 1946