Hubo algo de fortuito en las circunstancias que condujeron a la Guerra de los
Seis días. Para unos historiadores, el bloqueo del estrecho de Tirán será
considerado como la causa esencial. Para otros, lo será la decisión del
gobierno sirio de despertar el conflicto dormido, intensificando las acciones
terroristas. Todos asignarán un papel importante a la actitud de la Unión
Soviética, que empujaba a Egipto a movilizar sus fuerzas para ejercer
intolerables presiones en el frente sur.
Lo cierto es que todos estos
factores no fueron más que chispas que, por separado, no amenazaban con
encender la pólvora. Los acontecimientos históricos tienen siempre un contexto
mucho más amplio que el incidente inmediato que parece haberlos provocado.
Las verdaderas causas de la
guerra de 1967, como la de los conflictos precedentes, deben buscarse en la
sistemática hostilidad de la política árabe hacia Israel. Hacía tanto que el
clima de odio persistía, como una hoguera impregnada de combustible, que el
incendio sólo era cuestión de un hecho fortuito. Las dos guerras mundiales no
fueron provocadas por Sarajevo ni por Danzig, sino por el contexto
internacional de la época. Lo mismo que el conflicto árabe-israelí debía
surgir, más pronto o más tarde, de la situación general, de esta concentración
de salvaje beligerancia, de hostilidad y de rechazo a admitir la existencia de
Israel.
El odio se había hecho
demasiado fuerte para poder contenerlo. Era alimentado por una concepción
falaz que excluía a Israel del Próximo Oriente, tanto en el pasado como en el
presente y en el futuro. Era mantenido e incluso atizado por una jactancia
arrogante y fanfarrona que las masas árabes tomaron sin duda mucho más en
serio que el propio Nasser. En resumen, Próximo Oriente estaba sobrecargado de
ideas y de emociones, siempre a punto de estallar. La guerra no la determinó
un acontecimiento aislado, sino el sistemático rechazo del mundo árabe a
reconocer a Israel su personalidad histórica y su destino soberano.