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 Europa según De Gaulle, 1964


Charles De Gaulle

 


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Cuando se trata de Europa y cuando se intenta discernir lo que ella debe ser, hay que representarse siempre lo que es el mundo.

Al final de la última guerra mundial, el reparto de fuerzas en la tierra aparecía tan simple y tan brutal como posible. Esto se vio, de pronto, en Yalta. Unicamente América y Rusia habían seguido siendo potencias, tanto más considerables, cuando todo lo demás se encontraba dislocado: los vencidos, hundidos en su derrota sin condiciones; los vencedores europeos profundamente abatidos.

Para los países del mundo libre, que la ambición de los Soviets amenazaba, la dirección americana podía, entonces, parecer inevitable. El Nuevo Mundo era —entre todos ellos— el gran vencedor de la guerra. Bajo el mando de los Estados Unidos, que poseían bombas atómicas, la Alianza Atlántica garantizaba su seguridad. Gracias al Plan Marshall, renacía su economía (...) Al propio tiempo, se veía cómo América tomaba por su cuenta la conducción política y estratégica de los asuntos en todas las regiones donde el mundo libre se encontraba en contacto con la acción directa o in directa de los Soviets. Lo hacía, ya unilateralmente, y a través de los organismos internacionales locales de los que, en la práctica, disponía: (...)

Está claro que las cosas han cambiado. Los Estados occidentales de nuestro Antiguo Continente han rehecho su economía. Restablecen sus fuerzas militares, Uno de ellos, Francia, accede a la potencia nuclear. Sobre todo, han tomado conciencia de sus vínculos naturales. En una palabra, la Europa del Oeste aparece como susceptible de constituir una entidad capital, repleta de valores y de medios, capaz de vivir su vi da, no ciertamente en oposición al Nuevo Mundo, pero sí junto a él.

Por otra parte, el monolitismo del mundo totalitario se está dislocando. China, separada de Moscú, entra en la escena del mundo, colosal por su mundo, sus necesidades y sus recursos, ávida de progreso y de consideración. El Imperio de los Soviets la última y la mayor potencia colonial de este tiempo ve puesta en tela de juicio, en primer lugar por los chinos, la dominación que ejerce sobre inmensas comarcas de Asia y alejarse, poco a poco, a los satélites europeos que mediante la fuerza se habían otorgado. Al propio tiempo, el régimen comunista, a pesar del enorme esfuerzo que lleva a cabo Rusia desde hace medio siglo y de los resultados que alcanzan en ciertas empresas masivas, llega a un fracaso en cuanto al nivel de vida, a la satisfacción y a la dignidad de los hombres en relación con el sistema aplicado en la Europa del Oeste, que concilia el dirigismo con la libertad. Por último, grandes aspiraciones y grandes dificultades remueven profundamente los Estados del Tercer Mundo.

De todos estos datos nuevos, entremezclados y complicados, resulta que el reparto del universo entre dos bandos respectivamente llevados por Washington y Moscú, responde cada vez menos a la situación real. Con respecto al mundo totalitario, progresivamente agrietado, o de los problemas que plantea China, o de la conducta a seguir con respeto a determinados países de Asia, Africa, de América Latina, o de la reforma de la Organización de las Naciones Unidas tal y como se impone por vía de consecuencia, o de la reorganización mundial de los cambios de toda índole, etc. Se hace obvio que Europa, a condición de que quiera, está de ahora en adelante llamada a desempeñar un papel que sea el suyo.

Conviene, sin duda, que mantenga con América una alianza en la que, en el Atlántico Norte, están interesadas una y otra mientras dure la amenaza soviética. Pero las razones que, para Europa, hacían de la alianza una subordinación, se borran día tras día. Europa ha de tomar su parte de responsabilidades. Todo indica, por otra parte, que este acontecimiento estaría conforme con el interés de los Estados Unidos, cualesquiera que puedan ser su valor, su potencia y sus buenas intenciones. Pues la multiplicidad y complejidad de las tareas rebasan, desde luego, y acaso peligrosamente, sus medios y su capacidad. De ahí que ellos mismos declaren que desean ver unirse y organizarse el Antiguo Continente, mientras que entre los Galos, los Germanos y los Latinos, muchos exclaman: «Hagamos Europa».

Pero, ¿qué Europa?. Este es el debate. En efecto, las comodidades establecidas, las renuncias consentidas, las segundas intenciones tenaces, no se borran fácilmente. Según nosotros, Franceses, se trata de que Europa se haga para ser europea. Una Europa europea significa que existe por sí misma y para sí misma, o en otras palabras, que, en medio del mundo, tenga su propia política. Pues bien, precisamente, esto es lo que rechazan consciente o inconscientemente algunos, que pretenden, sin embar go, querer que se realice. En el fondo, el hecho de que Europa, al no tener política, quedase sometida a la que vendría dada desde la otra orilla del Atlántico, les parece hoy todavía normal y satisfactorio (...)

Charles De Gaulle
23 de julio de 1964