"Hasta ahora era un principio básico de geografía económica que Europa
dominaba el mundo con toda la superioridad de su alta y antigua civilización.
Desde siglos, su in fluencia y prestigio irradiaba hasta los confines de la
tierra. Europa enumeraba con orgullo los países que había descubierto, los
pueblos que había alimentado con su esencia y formado a su imagen, los
sociedades que había coaccionado a imitarla y servirla.
Cuando se piensa en las consecuencias de la gran guerra
que acaba de terminar (...), cabe preguntarse si no palidece la estrella de
Europa y, si con el conflicto en el que tanto ha sufrido no ha comenzado para
ella una crisis vital que presagia su decadencia. Diezmando su multitud de
hombres, vastas reservas de vida de donde extraía fuerzas el mundo entero;
dilapidando sus riquezas materiales, precioso patrimonio ganado con el trabajo
de generaciones; desviando durante años los espíritus y los brazos de la labor
productiva hacia la bárbara destrucción; despertando con ese abandono las
iniciativas latentes o adormecidas de sus rivales, la guerra ¿no habrá
asestado un golpe fatal a la hegemonía de Europa en el mundo? (…)
El final del siglo XIX ya nos mostró la vitalidad y
potencia de ciertas naciones extra-europeas, unas, como los Estados Unidos
nutridas de sangre de la misma Europa, otras, caso del Japón, formadas a
partir de sus modelos y consejos. La guerra, al precipitar el despegue de
estos recién llegados, al provocar el empobrecimiento de las virtudes
productivas de Europa, al crear de esta manera un profundo desequilibrio entre
ellos y nosotros, ¿no ha abierto para nuestro viejo continente una crisis de
hegemonía y expansión?"
Albert Demangeon
Le declin de l'Europe
París, 1920