El enorme esfuerzo militar que para la
Monarquía suponía las continuas guerras europeas (Guerra de
los Treinta Años había comenzado en 1618 y las hostilidades con los
rebeldes holandeses se habían reanudado) y la demanda de sacrificios
a los reinos que componían la Corona realizada por la
“Unión de Armas” propuesta por el
Conde-Duque de Olivares en 1632
precipitaron la crisis de 1640 con dos escenarios
principales: Cataluña y Portugal.
El fracaso de
Olivares para que las instituciones catalanas
aceptaran la
“Unión de Armas” no le impidió mandar tropas al
Principado al estallar la guerra con Francia. La presencia de tropas
castellanas precipitó el estallido de revueltas entre el campesinado
catalán. Finalmente el día del Corpus Christi de 1640, grupos
de campesinos atacaron Barcelona, asesinaron al virrey y
precipitaron la huída de las autoridades.
Asesinado el lugarteniente del rey, representante de las
instituciones de la monarquía, la Generalitat presidida por
Pau
Clarís se puso al frente de la
rebelión. Ante el avance de tropas castellanas, los rebeldes
aceptaron la soberanía de Francia. Un ejército galo entró en
Cataluña y derrotó a las tropas castellanas en Montjüic. El Rosellón
y Lérida eran conquistadas en 1642. El dominio de la Francia de
Luis XIII y Richelieu acabó con la reconquista del Principado y
la caída de Barcelona en 1652. Sin embargo, la Corona
Española perdió el Rosellón y la Cerdaña en la
Paz de los
Pirineos en 1659.
Aprovechando la crisis catalana, en diciembre de 1640 se inició la
rebelión en Portugal.
La falta de ayuda castellana ante los ataques holandeses
contra las posesiones portuguesas en Asia y la presencia de
castellanos en el gobierno del reino provocó que las clases
dirigentes lusas dejaran de ver ventajas en su unión a la Corona
española. La rebelión, organizada en torno a la dinastía de los
Braganza, se extendió rápidamente.
El apoyo de Francia e Inglaterra, ansiosas de debilitar a
España, llevó a que finalmente, Mariana de Austria (madre-regente de
Carlos II) acabara reconociendo la
independencia de Portugal
en 1668.
También hubo levantamientos de tinte separatista en Andalucía,
Aragón y Nápoles.
Pese a ser aplastados todos los movimientos, excepto el portugués,
Felipe IV mantuvo los fueros de los diversos reinos.
