Mientras Castilla se lanzaba a la expansión atlántica y americana,
los Reyes Católicos llevaron a cabo en Italia una política
claramente heredera de la que había aplicado durante siglos la
Corona de Aragón: enfrentamiento con Francia por el predominio en
la península italiana.
Cerdeña y Sicilia estaban integradas en la Corona de Aragón y
en Nápoles reinaba una rama bastarda de Alfonso V el
Magnánimo. En un primer momento, Fernando el Católico y el monarca
francés, Carlos VIII, buscaron una solución pactada. Fruto de
esta actitud fue el Tratado de Barcelona (1493) por el que Aragón
recuperaba el Rosellón y la Cerdaña. La ruptura, sin embargo, vino
cuando Carlos VIII conquistó Nápoles en 1495. La reacción
española fue inmediata y se enviaron tropas comandadas por un noble
castellano, Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el
Gran Capitán. Tras una larga y compleja campaña militar, las
tropas españolas incorporaron a la monarquía el reino de Nápoles
en 1505. España se convertía en una gran potencia europea.
En el norte de África, los castellanos, enardecidos por la conquista
de Granada, practicaron una política expansionista que buscaba
neutralizar a los piratas berberiscos apoyados por la gran
potencia del Mediterráneo oriental, el Imperio Turco. La
conquista de Melilla (1497) y de Orán (1509), junto al
establecimiento de protectorados en Bujía, Trípoli y Argel, parecía
adelantar la conquista española del Magreb. Sin embargo, la derrota
en las islas de Gelves frustró el sueño expansionista. La monarquía
hispánica mantuvo algunas plazas fuertes en el norte de África pero
no consiguió acabar con la piratería berberisca.
