El reino de Aragón más que un reino unificado fue una
confederación de reinos, Aragón, Valencia y Mallorca, y el Principado de
Cataluña que poseían distintas instituciones y leyes.
A menudo se caracteriza la monarquía aragonesa como una
“monarquía pactista”,
en la que el poder del monarca era débil y el rey debía de
pactar con los estamentos privilegiados y respetar las leyes de cada reino a
la hora de tomar una decisión.
Al frente de cada reino había un lugarteniente del Rey que actuaba como su
delegado.
Otras instituciones eran el Consejo Real y la Audiencia.
En el siglo XIII nacieron las Cortes en los reinos de
Cataluña,
Aragón y
Valencia. Fueron organismos independientes en cada reino y fueron adquiriendo
un creciente poder.
Las Cortes eran asambleas estamentales donde se reunían representantes de los dos
estamentos privilegiados y del patriciado urbano (alta burguesía de las
ciudades). Dominadas por la nobleza y el clero, controlaron el poder del
monarca y velaron por los intereses feudales del clero y la nobleza limitando
el poder del monarca.
Las Cortes catalanas crearon una institución, la Diputación del General de
Cataluña o Generalitat, que se convirtió de hecho en una especie de gobierno
del Principado. En Valencia y Aragón se crearon posteriormente Diputaciones
del Reino, instituciones similares a la catalana.
En Aragón existió la institución del
Justicia de Aragón, cargo asignado a un
miembro de la nobleza que velaba por el mantenimiento de los privilegios
estamentales frente al poder del rey.
La Administración territorial se organizó en merindades o veguerías. El órgano
de poder en las ciudades fue el municipio que a fines de la Edad Media quedó
bajo el control de las oligarquías locales (Concell de Cent de Barcelona)
