A fines de febrero de 1946, dos semanas más tarde de un amenazador discurso de
Stalin, un largo telegrama de dieciséis páginas fue enviado a Washington desde
la embajada norteamericana en Moscú. Había sido redactado por George Kennan,
principal experto en asuntos soviéticos del Departamento de Estado.
Según Kennan, la URSS, impulsada por el tradicional sentimiento de inseguridad
de Rusia y su visión marxista-leninista fieramente anticapitalista, era
irremediablemente hostil a Occidente. El régimen soviético era una dictadura
brutal ("un régimen policíaco por excelencia, alumbrado en el oscuro mundo de
la intriga zarista y acostumbrado a pensar esencialmente en términos de
política de poder"). Moscú necesitaba enemigos extranjeros para justificar su
brutal gobierno. Por ello, Kennan advertía, el gobierno soviético trataría de
continuar su política expansionista hacia Europa occidental, poniendo en grave
peligro la seguridad de EE.UU.
Kennan no proponía políticas concretas, pero señalaba que el Kremlin era "poco
influenciable por la lógica de la razón (...), pero muy sensible a la lógica
de la fuerza". El telegrama concluía señalando que pese al peligro que suponía
el carácter malévolo de la dictadura comunista, la URSS seguía siendo más
débil que Occidente, quien, si mantenía su "cohesión, firmeza y vigor", sería
capaz de influenciar el comportamiento del gobierno de Moscú.