El inicio de la guerra fría y el cisma yugoslavo provocaron una nueva oleada
de purgas en el mundo comunista, muy especialmente en las nuevas "democracias
populares". Pese a la fortaleza militar de la URSS, la personalidad paranoica
de Stalin impuso un verdadero estado de sitio en el bloque comunista.
A partir del verano de 1948 y en sólo tres años se calcula que el 25% de los
militantes comunistas fueron afectados por las purgas. Empezando por los
militantes más veteranos, el mejor ejemplo fueron los veteranos de las
Brigadas Internacionales en España como Laszlo Rajk, se eliminó por métodos
brutales a millares de comunistas de la Europa oriental.
Una verdadera campaña de terror se extiende por las "democracias populares":
se alienta la delación, se utiliza la tortura, se generaliza la calumnia.
Centenares de altos cargos como Kostov en Bulgaria, Slansky en Checoslovaquia
o Rajk en Hungría, son juzgados y ejectuados acusados de crímenes como "trostkismo",
"titismo", e incluso "sionismo". Estos antiguos militantes serán sustituidos
por recién llegados que debían toda su carrera política a la voluntad de
Stalin.
Esta campaña terrorista permite la sovietización de los PC nacionales, que, en
adelante, se convierten en verdaderas correas de transmisión de las
directrices de Moscú.
Los PC de Europa Occidental reciben instrucciones de centrar su actividad en
la "defensa del bloque socialista" y en la lucha contra el "imperialismo
americano" y un presunto "revanchismo alemán". Un ejemplo de esta nueva
actitud serán las violentas manifestaciones que en 1952 tuvieron lugar en
Francia contra la visita del general norteamericano Ridgway que volvía de
dirigir las tropas en Corea y que era acusado de haber utilizado armas
bacteriológicas.