Buscando ligar a EE.UU. a una alianza dirigida a frenar una posible vuelta al
expansionismo aleman, el ministro de asuntos exteriores francés, Aristide
Briand, propuso a la potencia norteamericana un pacto bilateral de no agresión
en la primavera de 1927. Alentado por la opinión más pacifista y menos
aislacionista de su país, el secretario de estado norteamericano, Frank B.
Kellogg, propuso que el pacto se convirtiera en un tratado multilateral, lo
cual fue aceptado por Francia.
Como resultado de la propuesta de Kellogg, casi todas las naciones del
mundo firmaron finalmente el Pacto Briand-Kellogg, acordando renunciar a la
guerra como instrumento de política internacional y solucionar todos los
conflictos internacionales de manera pacífica. Hubo múltiples matices a este
compromiso, por ejemplo, la guerra en defensa propia, las obligaciones
militares que surgieran del pacto de la Liga de Naciones, la doctrina Monroe o
los tratados de alianza acordados tras la I Guerra Mundial. Si unimos todas
estas excepciones al hecho de que el tratado no estableció ningún método para
forzar su cumplimiento, podemos entender como el Pacto resultó totalmente
inútil.