Uno de los principios esenciales del proyecto diseñado por Wilson para el
nuevo mundo que surgiría tras la guerra. Básicamente se centraba en el
reconocimiento del derecho de los pueblos o naciones europeas a la
autodeterminación política, es decir, a la construcción de su propio estado si
este era su deseo. El presidente norteamericano pensaba al enunciar este
principio en los pueblos sometidos a los imperios alemán, austro-húngaro y
ruso.
Wilson ha sido acusado de ingenuidad y de desconocimiento de la compleja
realidad europea. La aplicación de este principio en la enrevesada realidad
nacional de la Europa central y oriental creó grandes dificultades a la hora
de diseñar las fronteras de los nuevos estados. La existencia de minorías
nacionales en los nuevos países fue la norma general, constituyendo un germen
latente de conflicto y de nueva aplicación del derecho de autodeterminación.
La realidad de los tratados de paz no respondió a los altos ideales de
Wilson. Son múltiples los ejemplos en los que el principio de las
nacionalidades no se cumplió, bien para favorecer a los vencedores, bien para
perjudicar a los derrotados. La vieja política realista, los tratados firmados
durante el conflicto y los intereses de potencia se impusieron sobre los
ideales de justicia, libertad y autodeterminación de los pueblos.