La guerra de movimientos de los primeros meses de la guerra vino rápidamente a
su fin. Sobre las masas de infantería y caballería cayeron toneladas de
granadas, y miles de ráfagas de ametralladora diezmaron las filas. Tras la
batalla del Marne, los ejércitos debieron esconderse, arrastrarse por el
barro, cavar cada vez más complejos sistemas de trincheras para sobrevivir al
fuego enemigo. Desde el Mar del Norte hasta Suiza, miles de kilómetros de
trincheras enfrentaron a millones de hombres en el frente de occidental.
Anegadas de barro, infectadas de ratas, las trincheras se convirtieron en el
hogar de unos soldados que sufrieron lo indecible.
Los reiterados intentos de los militares por romper el frente llevaron a
matanzas que aún hoy siguen teniendo un lugar de privilegio en la historia del
horror: Verdún, Somme, Passendale en Ypres (Bélgica)...
Las potencias industriales se esforzaron por encontrar nuevas armas que
permitieran la ruptura del frente: los alemanes en 1915 iniciaron la guerra
química, los ingleses en 1917 los tanques, la aviación comenzó a ser usada de
forma sistemática como arma de guerra.