La guerrilla comunista yugoslava, dirigida por Tito, consiguió expulsar
a las tropas del Eje de su país sin la ayuda del Ejército Rojo. Esto permitió
al régimen de Belgrado llevar desde un principio una política más
independiente de Moscú. El apoyo a la guerrilla comunista griega o los
proyectos de federación balcánica con Bulgaria son un buen ejemplo de
iniciativas que no eran vistas con buenos ojos por Stalin. Esto no impidió que
en 1947, la Kominform fijara su sede en Belgrado.
La tolerancia del dictador soviético acabó con la agudización de las tensiones
internacionales. En marzo de 1948, Stalin llamó al Kremlin a Tito y Dimitrov
(líder comunista búlgaro) y les advirtió seriamente contra cualquier
iniciativa particular en política internacional. En adelante, todas las
"democracias populares" debían seguir fielmente las directrices emanadas desde
Moscú.
La reacción de la Liga de los Comunistas yugoslavos fue plantar cara a las
exigencias de Stalin. La ausencia del Ejército Rojo de su territorio y el
sentimiento nacionalista alentaron este desafío.
La reacción soviética fue inmediata. El Kremlin decidió no cumplir el tratado
de comercio acordado para 1948 y retirar de Yugoslavia a sus consejeros e
instructores militares. En abril, Stalin y Molotov dirigieron una carta muy
dura a Tito. Esperaban con ella fomentar la oposición interna a la dirección
de Tito y el acceso a la dirección yugoslava de un equipo de comunistas fieles
a Moscú.
La reacción fue la contraria: los partidarios de Moscú, como Zujovic o Hebrang,
fueron excluidos del Comité Central y juzgados como espías. La ruptura era ya
abierta.
El 28 de junio el Kominform condenó formalmente a los partidarios de Tito y
llamó a las "fuerzas sanas" del PC yugoslavo a imponer una nueva dirección. De
nuevo, el intento de descabalgar a Tito del poder fracasó.
Finalmente el el 11 de agosto, la URSS rompió relaciones diplomáticas y
condenó al régimen de Tito, tildándolo de "desviacionista" y "enemigo jurado
de la Unión Soviética".
La Yugoslavia de Tito buscó y obtuvo el apoyo financiero y militar de
Occidente, lo que probablemente fue decisivo para evitar la invasión
soviética. No obstante, el régimen de Tito siguió siendo comunista y en a
principios de los años sesenta se convertiría en uno de los países clave del
Movimiento de los Países No Alineados.