Tanto Stalin como Hitler eran conscientes que, pese al Pacto de no agresión
germano-soviético firmado en agosto de 1939, el enfrentamiento entre ambas
dictaduras era inevitable.Stalin pensaba que Hitler no atacaría a la URSS
hasta que no hubiera conquistado Francia y Gran Bretaña. La rápida derrota
francesa hizo que Stalin enviara a Molotov a Berlín para emprender más
negociaciones y tratar de evitar el ataque alemán. Sin embargo, Hitler había
decidido ya la invasión, que, en un principio, se planeó iniciar el 15 de mayo
de 1941.
Stalin recibió información de los planes alemanes por diversas fuentes.
Espías soviéticos (la célebre red de espías conocida como la "Orquesta Roja")
y el propio Churchill le alertaron de la inminente invasión. Stalin, en un
acto de gran estupidez, pensó que el líder británico trataba de enfrentarle
con Hitler y no atendió a los múltiples requerimientos de preparase para el
ataque. Sólo reaccionó cuando el 21 de junio de 1941 las tropas alemanas
atravesaron la frontera soviética.
Ese día, tres millones de hombres y 3400 tanques avanzaron organizados en
tres ejércitos: el grupo norte hacia Leningrado, el central hacia Moscú, el
sur hacia Ucrania. Los éxitos alemanes fueron fulgurantes llegando en otoño a
las afueras de Leningrado y Moscú. Las tropas soviéticas adoptaran en su
retirada la táctica de "tierra quemada" no había que dejar nada que pudiera
ser utilizado por el invasor.
Sin embargo, los alemanes fracasaron en su intento de conquistar un Moscú
del que se habían evacuado más de dos millones de civiles. El contraataque
soviético rechazó e hizo retroceder a las tropas alemanas. Por primera vez, la
guerra relámpago había fracasado. La victoriosa defensa de Moscú dio moral a
las tropas soviéticas y a todos los que luchaban contra Hitler.
Las tácticas de guerra fueron desde un principio brutales. La criminal
represión nazi fomentó la resistencia a ultranza del pueblo y el ejército
soviético. Por otro lado, la ejecución sumaria del general soviético Pavlov y
dos de sus colaboradores por haber permitido la ocupación de Minsk en seis
días, hizo ver a los oficiales soviéticos que era mejor luchar hasta la muerte
que rendirse.