Europa: las fisuras del bloque oriental
La muerte de
Stalin
trajo signos de distensión en el interior del bloque dirigido desde Moscú. La
evolución no fue evidente: en julio de 1953 los carros de combate soviéticos
reprimieron duramente las
protestas obreras
en Berlín. Pese a todo, la reconciliación del Kremlin con Yugoslavia de Tito
o la evacuación soviética de Austria mostraban un cambio de talante.
Este nuevo talante no hacía, sin embargo, presagiar lo que se vio en el XX
Congreso del PCUS, celebrado en febrero de 1956. Ante los atónitos delegados
comunistas,
Kruschev
denunciaba los crímenes de
Stalin y
el "culto a la personalidad" que había caracterizada hasta ese momento a la
dictadura soviética. La nueva política exterior de
coexistencia pacífica, implicaba también la
aceptación en el terreno teórico de la existencia de diversos caminos para la
construcción de un sistema socialista.
Esta relativa apertura tuvo su primer reflejo en Polonia. Impulsado por las
manifestaciones obreras,
Gomulka, un
comunista que había purgado por
Stalin en
1948 retornaba al poder. Su manifiestamente reiterada fidelidad a la URSS
y a las bases del sistema comunista de las "democracias populares" permitió que
Moscú aceptara el nuevo giro en la política polaca.
La tragedia de Hungría (1956)
La situación fue bien distinta en Hungría, donde se constató trágicamente las
limitaciones de la nueva política de
Kruschev.
La resistencia de los dirigentes más stalinistas hizo que las protestas
populares degeneraran en una verdadera insurrección popular el 24 de octubre de
1956. Un comunista abierto y liberal,
Imre Nagy, accedió
al poder y se puso al frente de la
revolución húngara.
Enfrentado a un levantamiento que se extendía por el país,
Nagy decidió
encabezarlo y dio dos pasos decisivos: la aceptación de la libertad de
asociación política, lo que destruía el monopolio comunista del poder, y, lo que
fue mucho más grave, la proclamación de la neutralidad de Hungría y su abandono
del recién creado
Pacto
de Varsovia.
La respuesta del Kremlin fue inmediata: las tropas soviéticas ahogaron en
sangre tras duros combates la
revolución húngara
de 1956. La dirección soviética había puesto claramente los límites a los
que podía llegar el proceso de desestalinización.
La construcción del Muro de
Berlín (1961)
De 1951 a 1958 la República Democrática Alemana había sufrido una verdadera
hemorragia demográfica: más de dos millones de alemanes orientales había
huido hacia la República Federal. Las diferencias de nivel de vida y de
libertades provocaban este éxodo de población.
La segunda crisis de Berlín se inició en 1958. Para detener la salida
de población,
Kruschev
lanzó un ultimátum a las potencias occidentales: les daba seis meses para
aceptar que Berlín-Oeste se convirtiera en una ciudad libre, fuera de su
control; en caso de negativa, Moscú daría a la RDA plena soberanía sobre el
Berlín-Este y los accesos a la ciudad.
Tras momentos de fuerte tensión, la amenaza no se llegó a materializar. Hubo
que esperar tres años para que el 13 de agosto de 1961, ante los ojos
atónitos de los berlineses se iniciara la construcción de un
muro
infranqueable que rodearía todo el Berlín occidental. Se ponía así fin al éxodo
de alemanes orientales. Lo que se denominó en Occidente, el "muro de la
vergüenza" se convirtió en el gran símbolo de la guerra fría.
Paradójicamente, el
muro del Berlín
sirvió para estabilizar la situación en la RDA, calmando las inquietudes
soviéticas y suprimiendo uno de los mayores focos de tensión de la
guerra
fría.
El triunfo en 1949 de la
revolución
comunista en China y el establecimiento de la República Popular dirigida por
Mao Zedong
supuso un giro espectacular en la recién nacida
guerra
fría. El paso al bloque comunista del país más poblado del mundo parecía
anunciar una gran victoria para la URSS. En 1950 la firma del Tratado
chino-soviético de amistad, alianza y mutua asistencia despertó gran
ansiedad y preocupación en EE.UU. y el bloque occidental.
Sin embargo, bajo una fachada de amistad se desarrollaba una áspera pugna
basada en viejas rivalidades nacionales y basada en la búsqueda del liderazgo
del mundo comunista. Cuando en 1958
Mao Zedong
lanzó su programa de reformas conocido como el Gran Salto Adelante, China
estaba lanzando un desafío al liderazgo soviético en el bloque comunista. La
catástrofe que trajo este programa, se habla de treinta millones de muertos por
hambre en China, no impidió que
Mao Zedong
mantuviera una posición desafiante en el escenario internacional, una posición
que chocaba con la nueva política de
Kruschev:
desestalinización y
coexistencia pacífica.
El distanciamiento y las críticas chinas contra el "revisionismo" del Kremlin
terminaron por afectar a las relaciones entre los dos colosos comunistas. En
1959 la URSS denunció el Tratado militar secreto que unía a ambos países y
en 1960 retiró a sus consejeros y técnicos de China.
En 1962, Moscú apoya a la India en su conflicto fronterizo con China a
propósito del Tibet y Pekín denuncia tras la
crisis de los misiles
en Cuba la actitud "capitulacionista" de la dirección soviética ante el
imperialismo americano.