La región de los Sudetes, poblada mayoritariamente por población alemana, había
quedado incluida en Checoslovaquia tras los tratados de paz de 1919. El triunfo
de Hitler, su victoriosa política exterior y la incidencia de la crisis
económica de los años treinta alentaron el desarrollo de un importante
movimiento nacionalsocialista en la región. Su líder, Henlein, proclama su
intención de separar la región de Checoslovaquia y unirla al Reich.
Tras el Anschluss, Henlein recrudeció sus demandas. La respuesta del gobierno de
Praga fue la movilización de sus tropas. En septiembre,
Hitler pronuncia
un discurso en Nüremberg en el que amenazó a Europa afirmando que sólo la
anexión de los Sudetes al Reich solucionaría el problema.
La situación alcanzó una tensión prebélica, pero ¿cuál era la actitud de las
potencias en el otoño de 1938?
Francia tenía en principio un claro compromiso con Checoslovaquia de
intervención armada en caso de ataque alemán. Sin embargo, la remilitarización
de Renania había debilitado decisivamente la posición militar gala. En adelante,
el gobierno de París fue más proclive a preservar la paz que a defender al
gobierno de Praga.
Gran Bretaña se hallaba plenamente comprometida con su
política de apaciguamiento. La solución que
Chamberlain buscó la crisis de los Sudetes se
convirtió en el gran ejemplo de la política de cesiones ante
Hitler.
La URSS, por último, incorporada en 1934 al concierto internacional, buscaba
desde 1935 la alianza con las potencias occidentales para frenar a
Hitler.
Litvínov, el ministro de exteriores soviético, había impulsado esta política,
concretada en la Internacional Comunista por
Dimitrov en la política de Frentes
Populares. El gobierno soviético, directamente amenazado por la política
hitleriana, estaba dispuesto a intervenir en defensa de Checoslovaquia. Para
ello, sin embargo, el Ejército Rojo debía atravesar países como Polonia o
Rumania, furibundamente anticomunistas y contrarios a colaborar.
Del 15 al 29 de septiembre,
Chamberlain viajó tres veces a Alemania para
entrevistarse con el Führer. Ante la postura inflexible del Führer, el premier
británico terminó convenciendo a
Daladier, primer ministro francés: había que
presionar al gobierno checoslovaco para que cediese a las exigencias alemanas.
Texto
Mussolini intervino en ese momento proponiendo la celebración de una conferencia
de las cuatro potencias para dar una solución al problema de los Sudetes. Así se
llegó a la Conferencia de Munich el 28 de septiembre de 1938. El resultado, el
Pacto de Munich, será la máxima expresión de la
política de apaciguamiento. El
Pacto fijaba que Checoslovaquia debía ceder inmediatamente al Reich las zonas
donde más de un 50% de la población fuera alemana. El gobierno de
Benes tenía un
plazo de diez días para desalojar esos territorios.
Hitler se comprometía a
cambio a respetar el resto del territorio checoslovaco.
Chamberlain y
Daladier
fueron recibidos como héroes y salvadores de la paz en sus países.
Muy pocas voces se levantaron contra las cesiones otorgadas a
Hitler en
Munich.
La URSS se había visto marginada de la Conferencia de Munich y veía como Londres
y París parecían dispuestos a ceder ante
Hitler en sus aspiraciones en el
oriente de Europa. La desconfianza rusa ante las intenciones franco-británicas
iba en aumento.

Tras el
Pacto de Munich, las ambiciones de los países limítrofes sobre el
territorio checoslovaco crecieron y se vieron animadas por las promesas
germanas. Los polacos aspiraban al territorio de Teschen, los húngaros
reclamaban las zonas con población magiar en Eslovaquia... El expansionismo era
un mal contagioso: el 1 de octubre, Polonia se anexionó Teschen; el 12 de
noviembre, tras el arbitraje de
Von Ribbentrop y
Ciano, Hungría se anexionaba
más de 12.000 kilómetros cuadrados de Eslovaquia y Rutenia. En lo que quedaba de
Checoslovaquia, los independentistas eslovacos, dirigidos Monseñor
Josef Tiso,
redoblaron sus demandas nacionalistas.
Muy pronto se vio cuán ilusorias fueron las esperanzas abiertas por el
Pacto de Munich. El 15 de marzo, las tropas germanas entraba en Praga y establecían el
Protectorado de Bohemia y Moravia. Eslovaquia se declaró inmediatamente
independiente, bajo el patronazgo alemán.
El 22 de marzo el dictador alemán concluía una semana triunfante obligando a
Lituania a cederle el puerto báltico de Memel.
La destrucción de Checoslovaquia abrió definitivamente los ojos a los líderes
occidentales. Francia y Gran Bretaña se precipitaron a proclamar su compromiso
de intervención en caso de que Alemania atacara a Polonia, la siguiente presa de
Hitler.
El gran problema de la nueva actitud franco-británica era que la URSS y EEUU se
mantenían fuera de la coalición de firmeza frente al expansionismo germano.
Parece ser que
Stalin buscó realmente la alianza anti-hitleriana con las
potencias occidentales, sin embargo, la desconfianza mutua y la rotunda negativa
polaca y rumana a permitir el paso del ejército soviético en caso de conflicto
impidieron un acuerdo. Mientras tanto,
Stalin y, en general, el pueblo
estadounidense, aunque alarmados, se mantenían desvinculados de los
acontecimientos que se sucedían en la Europa central, tal como prueban la ley de
neutralidad y sus sucesivas enmiendas.
Mientras tanto, las potencias fascistas anudaban aún más su alianza. El 22 de
mayo de 1939, Italia y Alemania firmaron el Pacto de Acero, de claro carácter
militar.

El 28 de abril,
Hitler exigió en un discurso al Reichstag la restitución de
Danzig a Alemania y un ferrocarril y una carretera extraterritoriales que
cruzaran el pasillo polaco y pusieron en contacto la ciudad báltica y el
territorio del Reich. Polonia aceptó la construcción de la carretera, pero se
negó a cualquier cesión de Danzig ni a ninguna cláusula de extraterritorialidad.
Se inició así una guerra de nervios en la que a las amenazas alemanas se
enfrentó la decidida voluntad polaca de resistir, alentada por franceses y
británicos. En agosto, sin embargo, la situación internacional sufrió un vuelco
espectacular: en uno de los mayores golpes de efecto de la historia diplomática,
la Alemania nazi y la URSS firmaban un
Pacto de no agresión
el 23 de agosto de 1939.
En mayo de 1939, Molotov había sustituido a
Litvínov como Comisario de Asuntos
Exteriores en el gobierno de
Stalin. Este relevo no impidió que continuaran las
infructuosas negociaciones con los países occidentales. Sin embargo, la
reiterada negativa polaca a permitir la entrada de tropas soviéticas llevó a la
suspensión de las conversaciones el 21 de agosto. En ese momento,
Stalin tomó
definitivamente en serio una oferta alemana de firmar un pacto de no agresión.
Ante la sorpresa mundial, el 23 de agosto se firmaba un pacto de no agresión
mutuamente ventajoso para los dos dictadores. Por un lado, el Führer se
garantizaba la pasividad soviética ante un ataque a Polonia, por otro,
Stalin
conseguía importantes ganancias territoriales y tiempo para reforzar su
maltrecho ejército. El acuerdo tenía dos partes: la pública, un pacto de no
agresión, y la secreta, que implicaba un reparto del territorio polaco y la
vuelta de las tropas rusas con el acuerdo alemán a los territorios perdidos en
1918 (Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia oriental y Besarabia).
Garantizada la neutralidad soviética,
Hitler pudo tratar de solucionar a su
manera el problema polaco. Tras el fracaso de las últimas negociaciones
desesperadas británicas, el ejército alemán invadió Polonia el 1 de septiembre
de 1939. El 3 de septiembre, Francia y Gran Bretaña declaraban la guerra a
Alemania.
Se cerraba así el ciclo infernal que había llevado a Europa y al mundo de la
guerra que pondría fin a todas las guerras a un conflicto aún más cruento y
brutal.