A partir de 1936 se apreciaron dos tendencias contrapuestas en la política
exterior de las potencias europeas. Mientras que las democracias se acomodaban
en una postura vacilante y timorata que buscaba, por todos los medios y a
cualquier coste, calmar al Führer y garantizar la paz; las potencias fascistas,
esencialmente la Alemania de
Hitler, iniciaban una política claramente agresiva
y expansionista. La guerra de España, lejos de aumentar los deseos de luchar
contra el fascismo, mostró a las opiniones y gobiernos democráticos el horror de
la guerra, lo que llevó a que se redoblara la decisión de evitarla a cualquier
precio.
El mejor ejemplo de la actitud de las potencias democráticas lo encontramos en
la política británica tras el ascenso al poder del conservador
Neville
Chamberlain en mayo de 1937. Será la
política de apaciguamiento, que
comentaremos más adelante. El mejor ejemplo de la reforzada agresividad alemana
lo hallamos en la reunión que
Hitler celebró el 5 de noviembre de 1937 con su
ministro de Exteriores,
Von Neurath, su ministro de Guerra, Blomberg, y los
jefes militares. De esta reunión tomó acta el coronel Hossbach, de este
documento, el denominado
Memorandum Hossbach, nos ha llegado una copia de gran
valor histórico para conocer los planes de
Hitler. El Führer lanzó en la reunión
una larga diatriba contra el bolchevismo y Francia y Gran Bretaña "antagonistas
movidas por el odio". Era necesario, afirmaba
Hitler, conseguir espacio,
"lebensraum", para la comunidad racial alemana antes de 1943-1945, ya que si no se
hacía pronto, las presiones sobre la economía serían muy grandes, el material
del ejército alemán quedaría obsoleto y el movimiento nazi perdería su
vitalidad. A corto plazo,
Hitler instó a solucionar los problemas de las
poblaciones germanas fuera del Reich. Austria y Checoslovaquia eran declaradas
objetivos inmediatos.
La posición de
Hitler causó alarma en
Von Neurath, quién alertó de los riesgos
para Alemania de esta política agresiva. La decisión del Führer fue inmediata,
nombró nuevo ministro de Exteriores a
Von Ribbentrop. La política exterior
germana estuvo en adelante volcada en objetivos expansionistas.

El único problema al que
Hitler podía tener que enfrentarse para conseguir la
ansiada anexión de Austria, el
Anschluss, era la posible reacción de
Mussolini.
Desde el asesinato de
Dollfuss, en 1934, el nuevo canciller austriaco
Schusnigg
se había apoyado en Italia para frenar la agitación nacionalsocialista en
Austria y las ambiciones cada vez más evidentes del gobierno de Berlín. Sin
embargo, la crisis de Abisinia y el consiguiente giro hacia Alemania de la
política italiana dejó sin protección al gobierno de Viena. Así, se lo comunicó
Mussolini a
Schusnigg
en una entrevista que tuvo lugar en abril de 1936. El Duce
le aconsejaba al cancillera austriaco que negociara con
Hitler: le pedía un
imposible.
El 12 de febrero de 1938
Hitler y
Schusnigg
se entrevistaron en la mansión del Führer en Berchtesgaden, en los Alpes bávaros a pocos kilómetros de la frontera
con Austria. El canciller austriaco sacó la clara impresión de que
Hitler se
proponía la invasión de Austria. Aunque cedió a las presiones del Führer y
nombró a Seyss-Inquart, líder nazi austriaco, ministro del Interior,
Schusnigg
hizo un último intento de resistencia convocando un referendum sobre la
independencia austriaca que debía celebrarse el 13 de marzo. Esta maniobra acabó
con la paciencia del Führer: las presiones alemanas fuerzan a la dimisión de
Schusnigg, quien fue sustituido por Seyss-Inquart como primer ministro. El nuevo
líder austriaco llamó a las tropas alemanas: el 12 de marzo de 1938 las tropas
nazis invadieron Austria. El 13 de marzo se proclamaba el
Anschluss. El 14, un
Hitler eufórico, proclamaba en Viena: "En tanto que Führer y canciller de la
nación alemana, proclamo ante la Historia la entrada de mi patria en el Reich
alemán". Seguidamente, envió un telegrama a
Mussolini: "Duce, nunca olvidaré
este momento".
Francia y Gran Bretaña no reaccionaron. La
política de apaciguamiento estaba
permitiendo a Hitler llevar a cabo su plan expansionista sin tener que
enfrentarse a una oposición decidida.

Se denomina
política de apaciguamiento (appeasement) a la política exterior
británica aplicada especialmente desde el nombramiento del conservador
Neville
Chamberlain. El nuevo premier británico había sustituido a Baldwin en Downing
Street en mayo de 1937, una vez acabada la crisis sucesoria abierta por la
abdicación de Eduardo VIII y su sustitución por Jorge VI.
Chamberlain es el hombre del apaciguamiento, pero también es el líder que inició
el rearme británico y declaró la guerra a Alemania. Su política, hoy
unánimemente vista como uno de los elementos clave para entender el
expansionismo hitleriano y el estallido de la segunda guerra mundial, no
consistía en una simple cesión ante las ambiciones hitlerianas. La
política de apaciguamiento
se basaba en una serie de ideas compartidas en aquella época por
muchos británicos: el
Tratado de Versalles había sido un tratado
innecesariamente duro con Alemania que era necesario revisar;
Hitler era una
barrera que impediría la expansión del bolchevismo a la Europa central; en
definitiva, si se negociaba con espíritu pragmático, cediendo ante las
reivindicaciones razonables de
Hitler, tales como la reunión en el Reich de las
poblaciones alemanas que el
Tratado de Versalles había dejado fuera, se
conseguiría apaciguar al Führer y así evitar la guerra en Europa. Este era el
núcleo de las ideas en las que se basó la política exterior británica. Muy
pocos, entre ellos otro líder conservador,
Winston Churchill, eran contrarios a
este planteamiento.
Las iniciativas del gobierno de Londres fueron seguidas por una vacilante
Francia, obsesionada por asegurarse el apoyo del Reino Unido. La inacción ante
la remilitarización de Renania y el apoyo a la farsa del Comité de No
Intervención en la guerra civil española habían dado ya ejemplo de la política
exterior de las democracias. Con
Chamberlain como premier británico, el gobierno
de París siguió manteniéndose en una posición subordinada a la política
británica.