El año 1936 fue testigo de tres grandes crisis que determinaron la ruptura del
Frente de Stresa y la configuración de un bloque revisionista germano-italiano
que prefiguraba el bando del Eje durante la segunda guerra mundial.
La primera crisis se inició en 1935 en Etiopia. Abisinia, como también se
denominaba este territorio, era, junto a Liberia, el único territorio africano
libre de la dominación europea. Como país independiente había pasado a formar
parte de la Sociedad de Naciones. Italia intentó su anexión en 1896, pero
terminó humillantemente derrotada por el emperador Menelik en la batalla de Adua.
Mussolini aspiraba a la anexión del territorio y pese a las amenazas británicas,
concretadas en el despliegue de la Armada en el puerto de Alejandría, Italia inició el ataque en
octubre de 1935. El 7 de octubre, a instancia del Reino Unido, la
Sociedad de
Naciones condenó el ataque italiano y declaró a Italia país agresor acordando
diversas sanciones de tipo económico. Sin embargo, las medidas no fueron más
allá. El embargo de petróleo, que hubiera sido una medida realmente dañina para
el gobierno de Roma, no se pudo adoptar ante la negativa de EE.UU., por lo
demás, país fuera de la Sociedad.
En diciembre de 1935, como reacción a la actitud franco-británica,
Mussolini
denunció el Frente de Stresa. En mayo de 1936, las tropas fascistas conquistaban
la capital Addis-Abeba. El gobierno de Roma proclamó la anexión de Etiopía.
La crisis había resultado un completo fracaso para la
Sociedad de
Naciones, que
se había visto impotente para arbitrar medidas que frenaran el expansionismo
italiano. También alejó a Italia de Francia y Gran Bretaña, acercándola a la
Alemania de Hitler.

Roto su aislamiento en Europa con la aproximación de Italia,
Hitler tomó una
medida arriesgada: alegando la ratificación parlamentaria del pacto
franco-soviético, Alemania anunció el 7 de marzo de 1936 la reocupación militar
del territorio desmilitarizado del Rin. Se trataba de una ruptura flagrante del
Tratado de Versalles y del
Tratado de Locarno.
Fue un momento clave. Posteriormente muchos analistas coincidieron que si se
hubiera frenado a
Hitler en ese momento la evolución de la situación
internacional hubiera sido muy diferente. El hecho es que el gabinete francés,
presidido por Albert Sarraut,
vaciló y tras diversas declaraciones altisonantes se limitó a aceptar el hecho
consumado. A la debilidad francesa se añadió la actitud de Gran Bretaña e
Italia, teóricas garantes del
Tratado de Locarno, que,
sin embargo, optaron por no reaccionar. El gobierno de Londres protestó, pero no
hizo nada. A
Mussolini ni se le pasó por la imaginación colaborar con los países
que habían condenado la invasión de Abisinia.
El año 1936 es clave en la reconducción de la política italiana.
Mussolini tuvo
que optar por emprender una política expansionista en el Mediterráneo (la
anexión de Etiopía formaba parte de ese eje de su política exterior) o afirmar
sus intereses en la Europa danubiana lo que inevitablemente le enfrentaría con
las aspiraciones hitlerianas sobre Austria. El Duce tomó una decisión clara: el
terreno de expansión sería el Mediterráneo y el Führer sería su aliado. La
guerra que estaba a punto de estallar en España iba a ser el primer ejemplo de
la nueva situación.

En el conflicto español se van a entrecruzar los intereses estratégicos de las
potencias y el compromiso ideológico de las grandes corrientes políticas del
momento.
Las potencias fascistas deciden desde un primer momento ofrecer una ayuda
importante a los rebeldes dirigidos por Franco. No sólo conseguían beneficios
estratégicos - Italia continuaba su política mediterránea y Alemania podía
obtener un aliado que amenazara la retaguardia francesa-, sino que ayudaban a un
aliado ideológico en su lucha contra los sistemas democráticos y las ideologías
obreras. Portugal se unió desde un principio a esta ayuda a Franco.
La URSS, por otro lado, tuvo muy claro desde un principio su compromiso de ayuda
a la República. No sólo se enfrentaba a la expansión del fascismo, sino que
alejaba el centro del conflicto entre las potencias al otro confín de Europa,
alejando el interés de
Hitler de sus fronteras.
Las grandes democracias tuvieron una actitud que podemos catalogar como uno de
los grandes engaños diplomáticos del siglo. Gran Bretaña estaba decidida desde
un principio a mantenerse neutral. El gobierno conservador británico veía con
aprensión la extensión de la influencia germano-italiana a la península y la
consecuente puesta en peligro de su base de Gibraltar y su ruta imperial a la
India; sin embargo, la orientación revolucionaria que pronto tomaron los
acontecimientos en la zona republicana alejó definitivamente de la cabeza del
gobierno conservador la posibilidad de una ayuda a la República. El gobierno francés,
pese a ser del Frente Popular, de nuevo siguió lo marcado desde Londres.
El gobierno francés de
Léon Blum, con el apoyo británico, ofreció a las demás
potencias un pacto de no intervención en el conflicto español: se trataba de no
facilitar ni hombres ni material de guerra a ninguno de los bandos en conflicto.
Se creó así el denominado
Comité de No Intervención al cual se adhirieron todas
las potencias. El Comité fue una farsa: mientras Francia y Gran Bretaña se
abstenían de ayudar al régimen democrático en España,
Hitler y
Mussolini
apoyaron de forma masiva y decisiva la causa de Franco. La única potencia a la
que pudo volver sus ojos el gobierno de Madrid fue la URSS, algo que,
indefectiblemente, repercutió en la evolución interna de los acontecimientos en
la zona republicana.

La camaradería de armas en el suelo español estrechó el acercamiento
germano-italiano. La labor del Conde
Galeazzo Ciano, cuñado de
Mussolini y
ministro italiano de Asuntos Exteriores, propició la firma en octubre de 1936 de
una declaración de amistad y comunidad de puntos de vista en el terreno
internacional entre Alemania e Italia.
Mussolini celebró el acontecimiento en un
discurso en el que habló de la Vertical Roma-Berlín, convertida por los
periodistas en el
Eje Roma-Berlín.
En noviembre, Alemania y Japón firmaron el denominado
Pacto Antikomintern, un
acuerdo que, en principio, no se proclamaba anti-soviético sino contrario a la
Internacional Comunista. De cualquier manera, el pacto acercó a los gobiernos de
Berlín y Tokio. Italia se unió un año después, en 1937. Franco, pocos días antes
de concluir la guerra civil español, firmó la adhesión de España a este pacto
que ligaba a las potencias fascistas y totalitarias.
Los acontecimientos de 1936, especialmente la guerra española, habían
fortalecido a las potencias fascistas totalitarias rompiendo definitivamente el
Frente de Stresa. Las potencias occidentales habían visto seriamente debilitada
su posición, mientras que la URSS continuaba aislada.
La política agresiva de las potencias totalitarias dio un paso decisivo en 1937.
Fortalecido por sus nuevos lazos con la Alemania de
Hitler, en junio de 1937
Japón inició desde Manchukuo la invasión de China.
De nuevo la pasividad fue la reacción de las potencias. EE.UU. emitió graves
protestas pero Roosevelt no quiso comprometer a su país en ningún tipo de
aventura exterior. Gran Bretaña y la URSS, las potencias europeas más implicadas
en la región, tenían bastantes preocupaciones en Europa con el creciente
expansionismo hitleriano para ocuparse de asuntos lejanos del Extremo Oriente.