Las posiciones de las principales potencias
Alemania nunca acepto de iure el
Tratado de Versalles. Dos aspectos eran
especialmente insoportables para el gobierno y la opinión pública alemana: el
pago de reparaciones de guerra como país responsable del conflicto y las
pérdidas territoriales acordadas en Versalles, muy especialmente las de la
frontera oriental. Alemania, desde un principio, centrará sus objetivos
exteriores en conseguir la revisión del diktat, la imposición, de Versalles y en
evitar el cumplimiento de sus onerosas condiciones.
La gran paradoja del
Tratado de
Versalles consistía en que era un tratado muy
duro que unas potencias no demasiado fuertes van a tratar de imponer a un país
que aún mantenía gran parte de su potencial económico. Esta paradoja se explica,
en primer lugar, por el aislacionismo norteamericano. La ausencia de EE.UU. dejó
a Francia y Gran Bretaña como las únicas grandes potencias que trataban de
construir el orden diseñado en la
Conferencia de París. En segundo lugar, la
debilidad franco-británica se vio enormemente reforzada por la disparidad de
ideas entre los gobiernos de Londres y de París.
Gran Bretaña, como centro de un imperio mundial, trataba de seguir su
tradicional política de equilibrio continental en Europa. Se trataba de que ni
Alemania ni Francia fueran demasiado poderosas y así le permitieran centrarse en
los crecientes problemas a los que debía enfrentarse en Irlanda, Egipto o la
India. Influenciada cada vez más su opinión pública por las ideas de Keynes, el
Reino Unido estaba convencido de que solo una Alemania pacífica y próspera
podría hacer frente al pago de las reparaciones. La prosperidad germana era una
premisa necesaria para el progreso económico europeo, lo que implicaba una
postura conciliadora frente a las reticencias alemanas para pagar las
reparaciones de guerra.
Para Francia, sin embargo, el problema alemán era la cuestión central y
prioritaria. Tras algunas dudas, se impuso definitivamente la postura que
defendía aplicar medidas coercitivas que debilitaran a Alemania y la forzaran a
cumplir el
Tratado de
Versalles. Esta postura se explicaba aún más al no contar con un
tratado con EE.UU. y Gran Bretaña que le garantizara ayuda en caso de un ataque
alemán. La negativa norteamericana a firmar el
Tratado de
Versalles dejó a
Francia en una situación de clara inseguridad. La exigencia del pago íntegro de
reparaciones no sólo buscaba rehacer el maltrecho tejido económico galo, sino
que también buscaba debilitar a la economía germana. Mientras tanto, el gobierno
de Londres veía con aprensión una Alemania demasiado debilitada que permitiera
una Francia muy poderosa en el continente...

El problema de las reparaciones como centro del conflicto
Alemania desafió desde un principio el intento francés de hacer cumplir las
cláusulas de Versalles. El primer conflicto va a surgir cuando en marzo de 1920
se produce un intento fallido de golpe de estado en Alemania dirigido por el
ultra nacionalista Kapp. Los obreros del Ruhr proclamaron la huelga general y el
ejército alemán no dudó en entrar en la zona desmilitarizada para reprimir el
levantamiento de los trabajadores. La reacción francesa fue inmediata y el
ejército galo ocupó Francfort, Darmstadt y Duisburg. El desagrado británico se
hizo evidente y en la Conferencia de San Remo, celebrada poco tiempo después,
Francia quedó aislada entre las demás potencias.
Finalmente el 27 de abril de 1921 la Comisión de Reparaciones, constituida
por el
Tratado de
Versalles y presidida por el francés
Raymond Poincaré, anunció
la cantidad total que debía pagar Alemania en concepto de reparaciones: 132.000
millones de marcos-oro. A la indignada reacción del gobierno alemán, los Aliados
respondieron con una nueva amenaza de invasión de la cuenca del Ruhr.
Alemania continuó dando largas al pago de las indemnizaciones. Por un
momento, pareció que el gobierno de París, presidido desde enero de 1921 por
Aristide Briand, podría llegar a un acuerdo con
Lloyd George para flexibilizar
el pago de las reparaciones... En enero de 1922, en el momento en que
Briand y
Lloyd George iniciaban un encuentro en Cannes, el entonces primer ministro
francés fue llamado a París. Allí, el presidente de la república, Millerand, le
comunicó su destitución.
Poincaré era nombrado primer ministro. En los círculos
de poder franceses se había impuesto la denominada política de ejecución de los
tratados: había que forzar a Alemania a pagar.
En mayo de 1922 se celebró en Génova una
Conferencia a la que por primera vez
asistieron los aliados vencedores y los dos grandes derrotados de la guerra:
Alemania y Rusia. Se trataba de abordar los graves problemas económicos y de
tratar de reintegrar a la Rusia soviética en el concierto europeo. La
Conferencia fue un fracaso. Su principal consecuencia fue la firma del Tratado
de Rapallo entre Alemania y Rusia. Los dos grandes derrotados, aún
manteniendo grandes reticencias, iniciaban un período de colaboración económica
e, incluso, militar. Alemania buscaba inquietar a las potencias occidentales y
así lograr rebajar sus exigencias en el tema de las reparaciones. Rusia
intentaba reinsertarse en la política internacional europea. El Tratado
de Rapallo fue
profundizado con un nuevo Tratado germano-soviético en 1926.
Poincaré, inquieto por las posibles consecuencias del acercamiento
germano-ruso, se fue convenciendo de la necesidad de tomar decisiones drásticas
que forzaran a Alemania a cumplir sus obligaciones. Un nueva solicitud alemana
de moratoria en el pago de las reparaciones en julio de 1922 precipitó la
decisión francesa.

La ocupación del Ruhr (1923)
El 11 de enero de 1923, tropas francesas y belgas ocuparon la cuenca del Ruhr.
El corazón minero e industrial de Alemania. Se trataba de cobrarse in situ las
reparaciones. Los británicos se negaron a unirse a la acción, pero sus protestas
fueron, en un principio, bastante tibias.
La reacción del gabinete alemán, presidido por Cuno, fue decretar la
resistencia pasiva. Las fábricas cerraron y el gobierno de Berlín sufragó a los
huelguistas. La situación llevó a la economía alemana al colapso. Uno de los
fenómenos más espectaculares de la historia económica del siglo XX se adueñó de
Alemania: la hiperinflación.
Con un marco que había perdido prácticamente todo su valor, en septiembre de
1923, el nuevo gobierno alemán presidido por
Gustav Stresemann llamó al cese de
la resistencia pasiva. Francia también estaba exhausta, no sólo se había quedado
aislada ante el creciente distanciamiento británico, sino que su propia economía
estaba entrando en serias dificultades. Su moneda, el franco, se estaba
debilitando y necesitaba imperiosamente créditos que sólo podían venir de
Estados Unidos, país fuertemente crítico con la política de ejecución de
Poincaré.
La debilidad financiera de Francia la forzó a aceptar la integridad
territorial de Alemania y a acordar la retirada progresiva de las fuerzas
ocupantes del Ruhr.
La mediación norteamericana llevó a que todos aceptaran la creación de un comité
encargado de estudiar el tema de las reparaciones. El comité estaría presidido
por un financiero norteamericano,
Charles Dawes.
Poco a poco, la conciencia de la necesidad de abordar la solución de los
graves problemas de la posguerra desde el diálogo y la cooperación y no desde el
enfrentamiento y la imposición se fue extendiendo por la capitales europeas. No
sólo era el caso de Berlín, donde
Stresemann hacía gestos conciliatorios, sino
que en Francia y Gran Bretaña habían llegado al poder en 1924 nuevos gobiernos
de centro-izquierda presididos por hombres más proclives a la negociación:
Edouard Herriot, al frente del denominado Cartel de Izquierdas, en París, y
Ramsay MacDonald, dirigiendo el primer gobierno laborista de la historia
británica, en Londres.
La situación se definió claramente hacia la conciliación en febrero de 1924.
El día 9, Stresemann comunicó al gobierno francés que Alemania estaba dispuesta
a firmar con Francia y otros países que pudieran estar interesados un acuerdo
que garantizase las fronteras franco-alemanas marcadas en
Versalles, incluyendo
la zona desmilitarizada. A partir de ese momento las relaciones internacionales
entraron en un corto pero, en aquel momento, muy esperanzador periodo de
concordia.