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Los problemas de la posguerra
1919-1923



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Galería de Imágenes - Período de Entreguerras 1919-1939
Soldados franceses entrando en el Ruhr, 1923

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  La aplicación del Tratado de Versalles: el problema alemán



La aplicación del Tratado de Versalles: el problema alemán

Las posiciones de las principales potencias

Alemania nunca acepto de iure el Tratado de Versalles. Dos aspectos eran especialmente insoportables para el gobierno y la opinión pública alemana: el pago de reparaciones de guerra como país responsable del conflicto y las pérdidas territoriales acordadas en Versalles, muy especialmente las de la frontera oriental. Alemania, desde un principio, centrará sus objetivos exteriores en conseguir la revisión del diktat, la imposición, de Versalles y en evitar el cumplimiento de sus onerosas condiciones.

La gran paradoja del Tratado de Versalles consistía en que era un tratado muy duro que unas potencias no demasiado fuertes van a tratar de imponer a un país que aún mantenía gran parte de su potencial económico. Esta paradoja se explica, en primer lugar, por el aislacionismo norteamericano. La ausencia de EE.UU. dejó a Francia y Gran Bretaña como las únicas grandes potencias que trataban de construir el orden diseñado en la  Conferencia de París. En segundo lugar, la debilidad franco-británica se vio enormemente reforzada por la disparidad de ideas entre los gobiernos de Londres y de París. 

Gran Bretaña, como centro de un imperio mundial, trataba de seguir su tradicional política de equilibrio continental en Europa. Se trataba de que ni Alemania ni Francia fueran demasiado poderosas y así le permitieran centrarse en los crecientes problemas a los que debía enfrentarse en Irlanda, Egipto o la India. Influenciada cada vez más su opinión pública por las ideas de Keynes, el Reino Unido estaba convencido de que solo una Alemania pacífica y próspera podría hacer frente al pago de las reparaciones. La prosperidad germana era una premisa necesaria para el progreso económico europeo, lo que implicaba una postura conciliadora frente a las reticencias alemanas para pagar las reparaciones de guerra.

Para Francia, sin embargo, el problema alemán era la cuestión central y prioritaria. Tras algunas dudas, se impuso definitivamente la postura que defendía aplicar medidas coercitivas que debilitaran a Alemania y la forzaran a cumplir el Tratado de Versalles. Esta postura se explicaba aún más al no contar con un tratado con EE.UU. y Gran Bretaña que le garantizara ayuda en caso de un ataque alemán. La negativa norteamericana a firmar el Tratado de Versalles dejó a Francia en una situación de clara inseguridad. La exigencia del pago íntegro de reparaciones no sólo buscaba rehacer el maltrecho tejido económico galo, sino que también buscaba debilitar a la economía germana. Mientras tanto, el gobierno de Londres veía con aprensión una Alemania demasiado debilitada que permitiera una Francia muy poderosa en el continente...  

El problema de las reparaciones como centro del conflicto

Alemania desafió desde un principio el intento francés de hacer cumplir las cláusulas de Versalles. El primer conflicto va a surgir cuando en marzo de 1920 se produce un intento fallido de golpe de estado en Alemania dirigido por el ultra nacionalista Kapp. Los obreros del Ruhr proclamaron la huelga general y el ejército alemán no dudó en entrar en la zona desmilitarizada para reprimir el levantamiento de los trabajadores. La reacción francesa fue inmediata y el ejército galo ocupó Francfort, Darmstadt y Duisburg. El desagrado británico se hizo evidente y en la Conferencia de San Remo, celebrada poco tiempo después, Francia quedó aislada entre las demás potencias.

Finalmente el 27 de abril de 1921 la Comisión de Reparaciones, constituida por el Tratado de Versalles y presidida por el francés Raymond Poincaré, anunció la cantidad total que debía pagar Alemania en concepto de reparaciones: 132.000 millones de marcos-oro. A la indignada reacción del gobierno alemán, los Aliados respondieron con una nueva amenaza de invasión de la cuenca del Ruhr.

Alemania continuó dando largas al pago de las indemnizaciones. Por un momento, pareció que el gobierno de París, presidido desde enero de 1921 por Aristide Briand, podría llegar a un acuerdo con Lloyd George para flexibilizar el pago de las reparaciones... En enero de 1922, en el momento en que Briand y Lloyd George iniciaban un encuentro en Cannes, el entonces primer ministro francés fue llamado a París. Allí, el presidente de la república, Millerand, le comunicó su destitución. Poincaré era nombrado primer ministro. En los círculos de poder franceses se había impuesto la denominada política de ejecución de los tratados: había que forzar a Alemania a pagar.

En mayo de 1922 se celebró en Génova una Conferencia a la que por primera vez asistieron los aliados vencedores y los dos grandes derrotados de la guerra: Alemania y Rusia. Se trataba de abordar los graves problemas económicos y de tratar de reintegrar a la Rusia soviética en el concierto europeo. La Conferencia fue un fracaso. Su principal consecuencia fue la firma del Tratado de Rapallo entre Alemania y Rusia. Los dos grandes derrotados, aún manteniendo grandes reticencias, iniciaban un período de colaboración económica e, incluso, militar. Alemania buscaba inquietar a las potencias occidentales y así lograr rebajar sus exigencias en el tema de las reparaciones. Rusia intentaba reinsertarse en la política internacional europea. El  Tratado de Rapallo  fue profundizado con un nuevo Tratado germano-soviético en 1926.

Poincaré, inquieto por las posibles consecuencias del acercamiento germano-ruso, se fue convenciendo de la necesidad de tomar decisiones drásticas que forzaran a Alemania a cumplir sus obligaciones. Un nueva solicitud alemana de moratoria en el pago de las reparaciones en julio de 1922 precipitó la decisión francesa.

La ocupación del Ruhr (1923)

El 11 de enero de 1923, tropas francesas y belgas ocuparon la cuenca del Ruhr. El corazón minero e industrial de Alemania. Se trataba de cobrarse in situ las reparaciones. Los británicos se negaron a unirse a la acción, pero sus protestas fueron, en un principio, bastante tibias.

La reacción del gabinete alemán, presidido por Cuno, fue decretar la resistencia pasiva. Las fábricas cerraron y el gobierno de Berlín sufragó a los huelguistas. La situación llevó a la economía alemana al colapso. Uno de los fenómenos más espectaculares de la historia económica del siglo XX se adueñó de Alemania: la hiperinflación.  

Con un marco que había perdido prácticamente todo su valor, en septiembre de 1923, el nuevo gobierno alemán presidido por Gustav Stresemann llamó al cese de la resistencia pasiva. Francia también estaba exhausta, no sólo se había quedado aislada ante el creciente distanciamiento británico, sino que su propia economía estaba entrando en serias dificultades. Su moneda, el franco, se estaba debilitando y necesitaba imperiosamente créditos que sólo podían venir de Estados Unidos, país fuertemente crítico con la política de ejecución de Poincaré

La debilidad financiera de Francia la forzó a aceptar la integridad territorial de Alemania y a acordar la retirada progresiva de las fuerzas ocupantes del Ruhr.
La mediación norteamericana llevó a que todos aceptaran la creación de un comité encargado de estudiar el tema de las reparaciones. El comité estaría presidido por un financiero norteamericano, Charles Dawes.

Poco a poco, la conciencia de la necesidad de abordar la solución de los graves problemas de la posguerra desde el diálogo y la cooperación y no desde el enfrentamiento y la imposición se fue extendiendo por la capitales europeas. No sólo era el caso de Berlín, donde Stresemann hacía gestos conciliatorios, sino que en Francia y Gran Bretaña habían llegado al poder en 1924 nuevos gobiernos de centro-izquierda presididos por hombres más proclives a la negociación: Edouard Herriot, al frente del denominado Cartel de Izquierdas, en París, y Ramsay MacDonald, dirigiendo el primer gobierno laborista de la historia británica, en Londres.

La situación se definió claramente hacia la conciliación en febrero de 1924. El día 9, Stresemann comunicó al gobierno francés que Alemania estaba dispuesta a firmar con Francia y otros países que pudieran estar interesados un acuerdo que garantizase las fronteras franco-alemanas marcadas en Versalles, incluyendo la zona desmilitarizada. A partir de ese momento las relaciones internacionales entraron en un corto pero, en aquel momento, muy esperanzador periodo de concordia.