El
aislacionismo, es decir, el rechazo a implicarse en alianzas permanentes,
tiene en EE.UU. una larga tradición que se remonta a las administraciones
presididas por George Washington.
El rechazo del Senado norteamericano a firmar el
Tratado de
Versalles y el
Pacto de la
Sociedad de Naciones
es el más célebre e importante ejemplo de aislacionismo norteamericano.
Para que Estados Unidos se adhiriera a ambos tratados era necesario que el
Senado los ratificara por una mayoría de dos tercios. El presidente demócrata
Wilson, que tenía que hacer frente a un Senado con mayoría republicana desde
1918, pecó de confianza y dio por sentado que conseguiría la aprobación de la
cámara.
Wilson, quien sufrió un ataque de parálisis que le obligó a permanecer
en su casa tres meses en pleno debate de la cuestión, se negó a pactar cualquier
tipo de enmienda de los tratados con el líder republicano en el Comité de
asuntos exteriores del Senado, Henry Cabot Lodge. Cuando, efectivamente, su
propuesta fue derrotada en el Senado,
Wilson pensó que una victoria demócrata en
las elecciones que se debían celebrarse en 1920 permitiría la definitiva
ratificación de los tratados. Sin embargo,
Wilson había perdido contacto con la
realidad norteamericana, la victoria del candidato republicano, Harding, llevó a
que EE.UU. rechazara definitivamente el
Tratado de
Versalles y la
Sociedad de Naciones. En agosto de 1921, el gobierno de Washington firmó por separado
tratados de paz con Alemania, Austria y Hungría.
A partir de ese momento, la tarea de supervisar la ejecución del
Tratado de
Versalles se hizo infinitamente más difícil. Francia y Gran Bretaña, a menudo
enfrentadas, con la escasa ayuda de Bélgica e Italia, se vieron solas a la hora
de implementar un tratado que se había negociado entre los vencedores asumiendo
la plena participación norteamericana.
Sin embargo, la política norteamericana durante los años 20 no puede ser
calificada de plenamente aislacionista, ya que se implicó activamente en temas
como el control de armamentos o las reparaciones de guerra (Plan Dawes).
El impacto de la depresión inclinó la balanza hacia posturas más
aislacionistas: la
Ley de Neutralidad de 1935 es el mejor ejemplo de esta
actitud reforzada. Hubo que esperar al inicio de la II Guerra Mundial para que
la potencia norteamericana optara por una política de decidido intervencionismo
internacional.

Pese a su escasa participación en la guerra, la posición nipona en el Extremo
Oriente quedó enormemente reforzada tras la conclusión de la Gran Guerra. El
eclipse ruso, al que se añadía el abandono de Alemania, convirtieron a Japón en
la única gran potencia a las puertas de China y en la tercera potencia naval del
mundo.
La inquietud que provocó este hecho en EE.UU. hizo que el presidente Harding,
con el apoyo del líder británico
Lloyd George, invitara a siete potencias (Gran
Bretaña, Japón, Francia, Italia, China, Holanda y Bélgica) a reunirse en
Washington.
La Conferencia de Washington (noviembre de 1921-febrero de 1922) concluyó con la
firma de tres tratados:
El Tratado de las Cuatro Potencias (EE.UU., Gran Bretaña, Japón y Francia)
implicaba un compromiso mutuo de reconocimiento de las posesiones de cada
potencia en el Pacífico y la promesa de consultarse en caso de controversias o
acciones agresivas de cualquier país en la zona.
El Tratado de las Cinco Potencias (EE.UU., Gran Bretaña, Japón, Francia e
Italia) significó la adopción de ciertas medidas encaminadas al desarme naval.
Aunque no se pusieron límites a otro tipo de navíos, con respecto a la flota de
acorazados se estableció unas proporciones: EE.UU. y Gran Bretaña mantendrían
una paridad, Japón podría llegar a un 60% de esa cantidad, y Francia e Italia
alcanzarían el 35%, es decir, índices 5 para EE.UU. y Gran Bretaña, 3 para
Japón, y 1.67 para Francia e Italia.
Por último, el denominado Tratado de las Nueve Potencias implicó un
compromiso de respeto a la integridad territorial de China.
Tres conclusiones principales se pueden extraer de estos acuerdos de
Washington: el inicio de una estrecha política de entendimiento entre EE.UU. y
Gran Bretaña; el reconocimiento de la superioridad marítima de las potencias
anglosajonas; y la aceptación del poderío naval japonés en en el Pacífico.