Tras implantar su brutal dictadura y lanzar a la URSS hacia la
industrialización, sin reparar en ninguno momento en los costes sociales,
Stalin practicó una errática política internacional.
Desde 1928 impulsó una política izquierdista denominada de "clase contra
clase", que provocó un conflicto frontal con la socialdemocracia europea, lo
que facilitó grandemente el ascenso de Hitler al poder. Algunos jerarcas de la
Komintern llegaron a celebrar el ascenso de Hitler a la cancillería como la
muestra de que el capitalismo había llegado a su estadio final y estaba maduro
para derrumbarse.
La evidencia del error se fue haciendo tan grande que finalmente Stalin
giró hacia una nueva política exterior concretada en el VII Congreso de la
Internacional Comunista en 1935. Ahora se trataba de acercarse a las
democracias occidentales para tratar de frenar el expansionismo nazi. Litvínov
fue el mejor representante de esta nueva dirección política que tuvo su mayor
ejemplo en los frentes populares en Francia y España.
La política de apaciguamiento y su consecuencia, el pacto de Munich,
precipitaron un cambio radical en la política soviética, cambio en el
que Stalin había venido pensando bastante tiempo antes, la búsqueda de una
acomodo con Hitler. La destitución de Litvínov y el ascenso de Molotov en el
Comisariado de Exteriores marcaron el nuevo rumbo que desembocó en el Pacto de
no agresión germano-soviético. Consecuencia inmediata fue que en septiembre de
1939, Hitler, tras repartirse las influencias en la Europa oriental con Stalin,
se lanzara a la invasión de Polonia.
Sin embargo, el enfrentamiento entre el nacionalsocialismo y el comunismo
soviético había sido simplemente pospuesto.