Hijo del emperador Yoshi-Hito, ascendió al trono en 1925. Aunque según las
leyes japonesas era el depositario del poder ejecutivo y jefe del ejército, en
la práctica, perdió su control tras la invasión de Manchuria en 1931. En
adelante, la cúpula militar fue la que dirigió una política internacional cada
vez más agresiva y expansionista. Hiro-Hito legitimó con su aprobación las
sucesivas agresiones que culminaron con el ataque sobre Pearl Harbor y la
entrada de Japón en la segunda guerra mundial en 1941.
Ante la marcha de la guerra y aprovechando las disensiones
internas del bloque de poder en Tokio, consiguió imponer en julio de 1944 la
dimisión del general Tojo al frente del gobierno. Hiro-Hito mantenía la
esperanza de entablar conversaciones de paz con los Aliados.
Tras las bombas de Hiroshima y Nagasaki y la entrada en
guerra de la URSS, impuso la aceptación de la capitulación de acuerdo con las
condiciones establecidas por los aliados en la Conferencia de Potsdam. Estas
condiciones garantizaban su mantenimiento en el trono imperial.
Los norteamericanos consideraron que el mantenimiento de la
institución imperial y su cooperación con la potencia ocupante era un
requisito esencial para la pacificación de la sociedad japonesa. Tras la
guerra y hasta su muerte Hiro-Hito no jugó ningún papel político real en
Japón. Lo mismo puede decirse de su hijo Akihito, quien le sucedió tras su
muerte.