Hijo de un próspero terrateniente azucarero, Fidel Castro organizó una
guerrilla, el Movimiento 26 de Julio, que consiguió derrocar el 1 de enero de
1959 a la dictadura corrupta de Fulgencio Batista, apoyada por EE.UU.
La llegada al poder de los "barbudos", como se conocía a los guerrilleros
que bajaron de Sierra Maestra, abrió una verdadera incógnita. Fuertemente
nacionalista, sus relaciones con unos EE.UU. que controlaban gran parte de la
economía del país se deterioraron con enorme rapidez. Nacionalizó gran parte
de la economía e inició el establecimiento de un sistema dictatorial que muy
pronto se alineó con la URSS. Gran parte de las clases medias huyeron hacia
EE.UU. donde se constituyó un poderoso lobby anti-Castro.
En enero de 1961, justo antes de abandonar el cargo, Eisenhower rompió
relaciones diplomáticas. El 15 de abril, Kennedy lanza un intento de invasión
del país organizado por la CIA. Bahía de Cochinos o Playa Girón supusieron un
vergonzoso fracaso norteamericano y precipitaron aún más el alineamiento de
Castro con el bloque soviético. En diciembre de 1961, Castro se proclamó
marxista-leninista.
El despliegue de misiles soviéticos en la isla y su descubrimiento por
aviones espía de EE.UU. desencadenaron la Crisis de los Misiles de Cuba en
1962, el momento en el que el mundo se halló más cerca de una guerra nuclear.
La retirada de los misiles ordenada finalmente por Kruschev supuso una
humillante derrota para un Castro que hubiera sido partidario de plantar cara
a Washington. Pese a ello su apoyo a las tesis soviéticas siguió siendo
absolutamente disciplinado. En 1968 apoyó la invasión de Checoslovaquia.
En adelante, Castro se convirtió en el gran abanderado del Tercer Mundo
contra el "imperialismo americano". Pese al embargo comercial americano, su
economía, fuertemente subvencionada por la URSS, le permitió acometer avances
sociales e iniciar una activa política internacional de apoyo a los
movimientos guerrilleros en América Latina e, incluso, el envío de tropas a
Angola (1975) y Etiopía (1977).
La caída de la URSS en 1991 le convirtió en un dictador marginal al frente
de una de las pocas dictaduras comunistas supervivientes. La desaparición de
la ayuda soviética precipitó el colapso de la economía cubana. Castro tuvo que
abrir desesperadamente el país al turismo, mientras continuaba con una dura
represión de toda disidencia.